Cuando fui soldado durante los dos gobiernos de Uribe… En mi batallón, un grupo especial, desesperado por mostrar resultados, en la noche en una finca, abrió fuego contra una pareja de esposos campesinos que se desplazaban en una motocicleta. Horas después descubrieron algo aún más trágico y aterrador: también habían asesinado a una niña de cinco años que los acompañaba, la hija.
El coronel ordenó a todo el batallón 1.200 hombres comprar obligatoriamente una rifa para recaudar dinero y pagar la defensa jurídica de los soldados involucrados en aquel falso positivo.
Por primera vez en la historia reciente del país, un presidente llamaba directamente a los comandantes de batallón para exigir resultados.
El mensaje bajaba por toda la cadena de mando: había que dar bajas, capturas y golpes operacionales. Coroneles y generales aumentaban la presión sobre las tropas, suspendían permisos, restringían beneficios y exigían resultados a cualquier costo.
En ese ambiente, la guerra comenzó a medirse en estadísticas. Algunos soldados, desesperados por cumplir metas imposibles, zonas donde no tenia presencia la guerrilla, terminaron convirtiendo campesinos, comerciantes y líderes comunitarios, jóvenes y adolecentes en supuestos guerrilleros muertos en combate. Mientras las cifras crecían, también crecían los ascensos, las felicitaciones y los reconocimientos, todo con la ayuda y asesoría de la fiscalía.
Algunos soldados aburridos por lograr salir de permiso, instalaban artefactos explosivos en zonas publicas donde transitaban civiles, esos mismos artefactos explosivos eran “descubiertos” por quienes conocían de antemano su ubicación del artefacto. Horas después, esos mismos hechos eran presentados como exitosas operaciones de inteligencia militar que habían evitado una tragedia. Los informes hablaban de eficiencia, resultados y golpes contundentes contra la insurgencia por parte de la mano dura del Presidente.
Todos los viernes, durante la formación del batallón, nos repetían la misma consigna. Decían que un soldado que pasara por el Ejército sin dar de baja a un guerrillero, o sin aportar información para ubicarlo y matarlo, era un soldado que se iba sin honor. Que no había servido para nada. Que era como si nunca hubiera vestido el uniforme ni hubiera sido parte de la institución.
En esa época, no todos los soldados morían en combate. Muchos terminaban destruidos por dentro antes de enfrentar a la guerrilla. Había accidentes, suicidios, crisis nerviosas y jóvenes enviados a hospitales psiquiátricos después de soportar meses de presión, humillaciones, torturas, castigos y maltratos por parte de algunos mandos.
Nos repetían una y otra vez que debíamos convertirnos en máquinas de guerra. Que un soldado no podía sentir miedo, hambre, sueño, dudar, menos cuestionar una orden. El valor de un soldado se mide pos su capacidad de cumplir ordenes y matar. En los cuarteles se hablaba constantemente del enemigo, pero pocas veces se hablaba de las consecuencias psicológicas de una guerra que también terminaba consumiendo a quienes llevaban el uniforme.
Muchos lograros regresar con vida. Otros regresaron con traumas, daños en la columna y rodillas, oídos, sin piernas, sin brazos. Y algunos nunca lograron regresar del todo.
Me tocó asistir a los funerales de algunos soldados, y todavía escucho el grito de esas madres al ver el cuerpo de sus hijos. Aún hoy, ese grito retumba en mi pecho. Mientras escribo estas palabras, es inevitable que se me llenen los ojos de lágrimas al recordar aquel dolor desgarrador que me estremeció la piel y los huesos.
Este es un capítulo de mi vida que guardé en silencio durante años. Hoy decido contarlo, aun sabiendo los riesgos que implica. Me preocupa que Colombia pueda volver a recorrer caminos de guerra y violencia aún más profundos que los que ya vivimos. La memoria incomoda, pero el silencio puede ser mucho más peligroso.
Por este texto, algunos militares y exmilitares me juzgarán, mientras que otros me darán la razón. Quienes me juzguen quizás me llamen débil, traidor o cobarde; tal vez me insulten e incluso me amenacen. Aun así, considero que estos testimonios deben ser contados, porque la memoria no pertenece a los vencedores ni a los vencidos, sino a la verdad de quienes tuvieron que vivirla, y a los que tuvieron la fortuna de no estar ahí con nosotros, en esa época me hubiese gusta estar en la Universidad, y no en el Ejercito, por esa razón, nunca enviaría un hijo a la guerra. Y prefiero votar por La Paz, votar por cepeda.
Por si a alguien le interesa conocer un poco más de mi experiencia y testimonio, y la realidad de Colombia, pueden seguir a Bladimir Espitia, en FB e Instagram.
