Desde hace años, las Fuerzas Armadas de Venezuela han sido presentadas tanto a nivel interno como internacional como uno de los pilares más sólidos de la defensa del proceso bolivariano y de la soberanía nacional. Su imagen de lealtad absoluta al liderazgo político, especialmente al del presidente Nicolás Maduro, ha sido reiterada en discursos oficiales y actos públicos. Ante esta agresión externa directa y captura del jefe de Estado, la pregunta inevitable es: ¿cómo pudo fallar todo un sistema de defensa?
Un escenario de esta magnitud evidencia una crisis profunda en la cadena de mando militar. La ausencia de una reacción inmediata para repeler una fuerza invasora levanta serias dudas sobre la operatividad, la cohesión y la verdadera lealtad de las estructuras castrenses de Venezuela. Aquello que muchos consideraban una de las fuerzas armadas más firmes y disciplinadas de América del Sur quedaría, lamentablemente, en entredicho ante la opinión pública mundial.
Igualmente grave es el colapso de los sistemas de inteligencia. La incapacidad para detectar conspiraciones internas, redes de traición o planes de desestabilización previos revela una falla estructural que no puede atribuirse al azar. La inteligencia no solo está para reaccionar, sino para anticiparse y neutralizar las amenazas desde su raíz.


En ese mismo plano, surgen cuestionamientos inevitables sobre los aparatos de inteligencia de países aliados históricamente cercanos al gobierno venezolano, como Cuba, Rusia, China, Brasil Colombia e Irán entre otros. En un contexto de cooperación estratégica, el silencio o la falta de alertas tempranas frente a una amenaza de tal calibre resultaría, cuando menos, desconcertante.
Un escenario así solo podría explicarse por la existencia de traiciones internas: puertas abiertas desde dentro, complicidades ocultas y decisiones deliberadas que facilitan la agresión extranjera. La historia latinoamericana demuestra que ningún proyecto soberano cae únicamente por fuerzas externas; casi siempre lo hacen con la ayuda de actores internos que renuncian a la dignidad y a la patria.
Esta reflexión no pretende sentenciar hechos, sino advertir sobre una verdad política ineludible: sin lealtad real, sin inteligencia eficaz y sin coherencia en la defensa nacional, ningún Estado está a salvo, por más discursos, armas o alianzas que proclame.
La soberanía no se declama; se defiende con hechos, principios y vigilancia permanente.
Sospechosamente la cadena de mando de Venezuela no se activo ante la Agresión y el secuestro de su presidente Maduro y su esposa, generando especulaciones internas e internacionales.
