Nacemos libres, buenos y con la capacidad de amar, compartir y descubrir el mundo sin prejuicios.
Ningún niño nace con envidia, vanidad, odio de clase ni miedo al juicio de los demás. Esas conductas no vienen escritas en nuestra naturaleza: se aprenden, se reproducen y, muchas veces, se convierten en mecanismos de adaptación a una sociedad que premia la competencia por encima de la solidaridad.
A medida que crecemos, la familia, la escuela, los medios de comunicación, las relaciones sociales y las condiciones económicas comienzan a moldear nuestra manera de pensar.
Aprendemos qué debemos tener para sentirnos importantes, qué debemos aparentar para ser aceptados y cuánto debemos competir para sobrevivir.
Poco a poco, aquello que era espontáneo —compartir, ayudar, confiar— puede ser sustituido por la necesidad de poseer, sobresalir y demostrar que somos mejores que los demás.
El capitalismo, particularmente cuando convierte el mercado y el consumo en medidas del valor humano, puede profundizar esas contradicciones.
Nos persuade de que la felicidad se encuentra en comprar, acumular y exhibir; transforma necesidades en mercancías y convierte incluso la imagen personal en un producto que debe ser vendido ante los demás. Así nacen la vanidad, la comparación permanente y la frustración de quien siente que nunca tiene suficiente.
Pero quizá una de las cadenas más fuertes sea el miedo al juicio ajeno.
Muchas personas dejan de ser quienes realmente son para convertirse en aquello que la sociedad espera de ellas. Callan lo que piensan, esconden sus sentimientos, renuncian a sus sueños y viven pendientes de una mirada externa que determine si son aceptables o no. De esta manera, las cadenas no siempre son visibles: algunas están construidas dentro de nuestra propia conciencia.
La envidia también puede crecer en un sistema basado en la competencia permanente. Cuando nos enseñan que el éxito de uno significa necesariamente el fracaso de otro, dejamos de mirar al semejante como compañero y comenzamos a verlo como rival. El triunfo ajeno deja de inspirarnos y empieza a incomodarnos. Sin embargo, esa lógica puede ser cuestionada: una sociedad verdaderamente humana debería enseñarnos que el bienestar colectivo no disminuye nuestro propio valor.
Romper estas cadenas no significa negar que existan diferencias entre las personas, ni idealizar una naturaleza humana completamente pura. Significa comprender que los seres humanos también somos producto de las relaciones sociales que construimos y que, por lo tanto, tenemos la “posibilidad de transformarlas.”
La solidaridad se aprende. La generosidad se cultiva.
“La conciencia crítica se construye.” Y también se puede aprender a vencer el miedo, la vanidad y la necesidad de competir por todo.
Quizá la verdadera libertad no consista únicamente en poder caminar sin cadenas físicas, sino en recuperar la capacidad de pensar por nosotros mismos, de amar sin condiciones, de compartir sin sentirnos menos y de mirar al otro sin convertirlo en enemigo.
Nacemos libres; la sociedad puede encadenarnos, pero también nosotros podemos transformar la sociedad para que las nuevas generaciones nazcan, crezcan y vivan con más dignidad, solidaridad y libertad.
Dore Montemayor
15 de agosto de 2026 – El Salvador.
