La aventura militar de Nayib Bukele en Haití ingresó a su fase más oscura: la trampa de la guerra asimétrica. Mientras granjas de troles viralizan videos de personas recibiendo raciones de comida y gritando consignas para la cámara, en el suburbio de Canaan —un laberinto de 300.000 habitantes— estallaron barricadas de neumáticos contra las tropas extranjeras.
La coalición Viv Ansanm tendió una emboscada de manual. Sabiendo que los helicópteros artillados no distinguen objetivos en la densidad urbana, las pandillas obligaron a miles de civiles desarmados a plantarse como escudos humanos. Con la asociación UNA-Haiti denunciando ante la ONU bombardeos indiscriminados y muerte de niños en Plaine du Cul-de-Sac, Bukele quedó atrapado entre dos fuegos.
En su país, el dictador operó en condiciones de laboratorio: control de jueces, cárceles herméticas y excepción permanente.

En los tugurios de Puerto Príncipe esa receta no existe: cada proyectil que mata a un civil transforma la protesta en una guerrilla dispuesta a linchar invasores.
Lo que comenzó como el rescate de cuatro militares mutó en el Vietnam caribeño de Bukele.
LATINAR
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